Cuento Ilustrado: Cruces en el camino

Cruces en el camino Texto y Arte Digital: Mariano AjaA pesar de que tomé la comunión y también la confirmación, nunca en la vida me confesé. Ni una sola vez. Fui a un colegio de monjas pero en los setenta y, en la época en que me tocó educarme, la rigidez de los programas ya se había ablandado. Pero los sacramentos seguían siendo importantes. Anticipando esos dos eventos, la confesión era un paso fundamental. Los alumnos formábamos una larga fila que llevaba al confesionario en la capilla de nuestra institución. Yo logré, tanto para la comunión como para la confirmación, escabullirme disimuladamente de aquella santa hilera y volver a clase haciéndome la confesada. No sé por qué lo hice, era una buena chica y no me sentía pecadora, más allá de alguna mentirita menor. Quizás fue porque no me sentía tan pura y buena como mi hermano menor, Eduardo.

 

Así fue que desde que terminé el colegio no puse más un pie en una Iglesia hasta esta misma mañana. Apenas recibida del secundario, viajé por Sudamérica durante dos años antes de decidirme por alguna universidad. Esta decisión disgustó definitivamente a mis padres que renovaron su rigidez para no perder a Eduardito de la misma manera. La independencia liberal de una mujer no era bien vista en mi casa. Poco me importó, pero de alguna manera siempre sentí que mi exilio festivo había marcado la vida de mi hermano. A mi regreso, mi decisión de estudiar filosofía se anticipó en pocos meses a la decisión de Eduardo: quería ser sacerdote. A pesar de que no dejamos de vernos en cada reunión familiar, nunca más pudimos hablar de lo que nos unía o separaba. Evitábamos cruzarnos o caíamos en trivialidades como hablar de la salud estando sanos, del clima siempre cambiante, la importancia de los estudios post universitarios y de cómo nuestras carreras nos harían viajar por el mundo. No mucho más.

 

La verdad es que nunca me interesó su vida pastoral hasta que escuche las denuncias en su contra. Me parecía algo irreal. Me surgió la necesidad de verlo y me volvió a sorprender que después de las acusaciones que habían inundado la prensa, aun pudiera seguir confesando a sus feligreses. Nunca supe de los vericuetos de la leyes internas del clero. Y hoy me interesa menos que nunca averiguar todo esto. Sea como fuere a mi me trajo hoy hasta acá.

 

Entrar en una iglesia después de más de treinta años ya es todo un impacto. Entrar en una catedral en Estambul, la catedral del Espíritu Santo, no aliviana el golpe. La carga iconográfica en el interior del domo, estoy segura, modifica la ley de gravedad. Siento los hombros a la altura de los codos. Arrastro mis pasos por estas mayólicas bizantinas y me acerco a la cola del confesionario. No sé ni cómo voy a empezar a hablar con Eduardo de todo esto pero tengo que hacerlo. Emerge llorando una anciana mal teñida con su penitencia a cuestas. Entra alguien con pecados frescos. Ahora, sólo siete personas separan al confesor del confesante.

 

 


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