Cuento Ilustrado: Capitán Cook

Cuento e ilustración por Mariano AjaDe tanto en tanto se me daba por enamorarme. Pero mi timidez siempre me jugó en contra. Era Rómulo el simpático y el ganador de la familia. A mis hermanos varones y a mí siempre nos quedaba comer de las migajas que él dejaba. Éramos nueve: una mujer, Eliza, siete varones, y Rómulo, nuestro superhombre nietzscheano. Nuestros nombres eran todos comunes salvo el de él. Mis padres debieron haber presentido algo. Por eso yo era Juan, uno de los otros siete, y él Rómulo el príncipe bienamado.

No supe bien por qué: si para diferenciarme de los otros siete o por haber asumido que Rómulo iba a ser imbatible en cualquier terreno en el que se planteara una competencia: nunca lo tuve claro, pero un día empecé a disfrazarme de mujer. No tenía ninguna intención de que nadie se enterara de mis deseos en mi casa: así que cuando empecé a robarle las bombachas a Eliza, tomando todos los recaudos posibles. Las escondía en la caja del microscopio que mi padre, un desapegado biólogo, nos había regalado. Me encerraba con llave en el altillo de la casa que nadie usaba y me pasaba horas mirándome al espejo. Un día mi padre quiso usar el microscopio y encontró una bombacha de Eliza. Nos juntó a todos alrededor de una mesa donde estaban los dos objetos acusatorios. El microscopio que había alejado a nuestro padre de su familia y la bombacha desafiante. Ante nuestro absoluto silencio, no pudo sacar ninguna conclusión. Rómulo con su poder especial se dio cuenta de algo. Me miró de manera determinante: una sola mirada que significó el fin de mi época travestida.

No por eso dejé mi vida femenina. Empecé acercarme a mamá y a las tareas de hogar. Me gustaba limpiar la ropa, plancharla, doblarla y acomodarla en cada cajón de cada cuarto. Eso me daba la oportunidad de estar en contacto directo con la bombachas de Eliza. O probarme los anillos de mamá, uno en cada dedo, a una velocidad superlativa, sólo para mirarme las manos. En cada anillo veía la cara de mis hermanos, extrañamente a mi disposición, todos menos Rómulo. Me había conformado con esos pequeños micro-orgasmos infinitesimales y me llevó bastante tiempo darme cuenta del error y de la pérdida de tiempo. Por eso finalmente empecé a cocinar con mamá.

No me costó superar sus cuatro platos básicos: carne al horno, fideos con tuco, pollo al asador, budín de espinaca. Logré mi personería familiar con mi primer plato propio: Lasaña de vegetales con salsa de hongos. Todos me felicitaron, hasta Rómulo. Y ese fue el día que mi padre me bautizó como Capitán Cook, apodo que todavía me acompaña. Pero lo mejor de esa noche pasó después de la cena: antes del amanecer, Rómulo, al que supongo le habían caído mal los hongos, vomitaba sin parar en el baño. Me acerqué en silencio, le acaricié la cabeza con mucha dulzura, y cuando quise buscar algo para limpiarle la boca me distraje con una bombacha de Eliza que colgaba húmeda de la canilla de la ducha.


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